En tres siglos va a dejar huella de su presencia la de don Ambrosio Rodríguez, uno de esos iluminados trazadores de caminos que, allá por mil ochocientos noventa y ocho, dejó sus tierras de Matapozuelos, y se vino para acá, para la ciudad, para trazar surcos en el papel... Al fin y al cabo, todo es labrar... Surcos en el papel, libros rayados -fundamentales entonces para el "bien llevar" de la contabilidad industrial, mercantil y doméstica -. Libros tan acertadamente hechos tan cuidados como una tierra de labor, que ya en mil novecientos seis - cuando la imprenta estaba en su adolescencia - merecieron
una medalla de Oro... Desde entonces, en una creciente progresión, en la cantidad y en la calidad de sus productos, fué proveedor preferente de entidades públicas y privadas, no sólo en cuanto a libros rayados, sino en cuanto a trabajos de imprenta general y de encuadernación, y estación de visita insoslayable a la hora de montar una oficina.

Mucho ha llovido desde entonces, pero no se perdieron las raíces, bien firmes, bien afincadas. Mucho ha llovido, desde la primera instalación de la imprenta en la calle del Duque de la Victoria, número trece, en el edificio del viejo Banco Central. Y la tienda de objetos de escritorio en la calle de Regalado, entonces de Alonso XII... Así hasta que en mil novecientos cuarenta y ocho,

los talleres de la imprenta se instalaron en el número seis de la calle de Panaderos y, en mil novecientos cincuenta y siete la Papelería, en su ubicación actual, en Duque de la Victoria, número tres. Por su parte la imprenta propiamente dicha, a consecuencia de la última evolución tecnológica, se trasladó a la calle de Embajadores, número dieciséis... Durante estos tiempos, sucedió a don Ambrosio su hijo Jesús, padre del sacerdote del mismo nombre, que dejó tras de sí una emocionada estela como párroco de San Lorenzo y secretario y profesor del Instituto Zorrilla... Y a don Jesús Rodríguez Miñón, su hijo Antonio que falleció muy joven, a los treinta y ocho años... Desde entonces su esposa, Doña Carmen Ruiz, está al frente de la venerable imprenta, respaldada por sus hijos... Que eso es lo que da una fisonomía humana, entrañable, a una empresa: la sucesión de la misma sangre y de la misma ilusión.

Cuando se cierra una imprenta -así empecé diciendo- una ventana se cierra con ella, a la par, en el gran edificio de la ciudad. Y, lo que aún es más doloroso, en la pared de la cultura. Pero cuando una imprenta llega a centenaria, algo nos dice que la ciudad, el hogar de todos, el cuarto de estar y de soñar de prosperar de las buenas gentes, goza de buena salud. Y todos podemos y debemos felicitarnos por ello. Así que este humilde servidor de la cultura, este pintor que también escribe y que, por ende, siente hacia el papel impreso la ternura y el agradecimiento más hondos, se felicita y se da a sí mismo la mano en lo más hondo de su corazón. Y, a la par, le pide a Dios más salud todavía para la imprenta, en el deseo de que a este centenario le sigan otros... Para que, generación tras generación de impresores, la Casa Ambrosio Rodríguez, "Empresa del Año" en mil novecientos noventa y cuatro, siga roturando sus campos de papel, sembrándolos y logrando de ellos magníficas cosechas.