Miguel Delibes.
Dedicatoria al centenario de Ambrosio Rodríguez.

En ninguna actividad es sencillo alcanzar la edad de cien años y las dificultades acrecen cuando esa actividad es la imprenta -bestia negra de la política especialmente cuando ésta es dictatorial- y la ciudad donde se produce el fenómeno Valladolid, población puntera de Castilla pero que, por una razón o por otra y pese a haber tenido a Miguel Cervantes como uno de sus vecinos ilustres, no se ha caracterizado nunca por un gran desarrollo intelectual ni por su amor a la letra impresa.
De aquí que mi felicitación a la imprenta "Ambrosio Rodríguez", al cumplir el siglo de existencia, partícipe tanto de mi corazón como de mi cerebro.


Francisco Pino.
"La imprenta y el poeta"

En el continente que actualmente vivimos es imprescindible combatir al analfabetismo. Para ello se enseña a leer y escribir. Ambos procesos necesitan de unas técnicas y unos instrumentos. Estos últimos los proporcionan las imprentas. En el caso de la imprenta Ambrosio Rodríguez, este sucedido es amplísimo. Esta firma desde sus comienzos, conjugó la impresión de libros de contabilidad -su dedicación- con el suministro de todos los materiales que contribuyesen a la enseñanza y perfección de la escritura.
Hace más de ochenta años que yo entré, con verdadera satisfacción, en el primer domicilio de la Imprenta Ambrosio Rodríguez. Este estuvo situado en los comienzos de la calle de Regalado, contigua a Constitución. En esta calle se encontraban ubicados en el negocio de mis familiares y mi propia residencia.
Hacia las seis de la tarde salía del colegio de Lourdes. Mi edad, ocho años. Un enfardador de almacén de tejidos de mis padres me iba a recoger a Paulina Harriet. A mi instancia, por mi gusto, me llevaba hasta la tienda de Ambrosio Rodríguez. ¿Qué me atraía a ella? Todas aquellas pequeñas cosas necesarias para la escritura y las mil chucherías que se guardaban en sus anaqueles.
Nada más entrar dábamos con un mostrador que dividía en dos partes el local. Al izquierdo, según se miraba al fondo, se hallaba una especie de tapa. Se levantaba y daba paso al interior. Desde éste, tocado con un guardapolvos gris y con una gran caja en sus brazos, aparecería D. Ambrosio Rodríguez; amablemente y dirigiéndose al dependiente de turno rogaba: Atiende al niño. El dependiente sentado junto al mostrador se adornaba con unos extraños manguitos de color azul desvaído, que le cubrían hasta medio brazo. Su aspecto más que dependiente era oficiante de un rito religioso. Había llegado mi hora, y pedía, pedía, todo lo que entusiasmaba; los lapiceros amarillos o negros, unos romboidales y otros redondos, brillantes, ostentando una alemana en su final, alargadores de metal para apurar los lapiceros hasta el límite; cuadernos de hule, de cartulinas de una sola línea donde escribí mis primeros versos, y en los mismos en los que escribo hoy, los últimos. Calcomanías, cajas de acuarelas y secantes rosados. Estos tan de mi gusto, pues al secar se producían hermosos dibujos y zonas oscuras, de los que extraje la inspiración para lo que luego llamé, poeturas. Siempre conseguí algún regalito de la amabilidad de D. Ambrosio.
Cuando yo utilizo para escribir o para presentarme, papel de cartas, tarjetas, lleva la marca de esta imprenta. Duelos y felicidades contienen su importancia. Falleció D. Ambrosio, le sucedió su hijo D. Jesús Rodríguez Miñón con quien tuve menos trato, ya que éste se hallaba habitualmente en los talleres; al jubilarse le sustituyo su hijo Antonio Rodríguez que, desgraciadamente, murió muy pronto y al que relevó su mujer, Carmen Ruiz de Rodríguez, asistida por D. Jesús mientras logró imponerse en la dirección de la imprenta. Todos ellos se mostraron siempre amabilísimos con los que acudían a su establecimiento. Carmen Ruiz, que está hoy al frente de esta centenaria empresa, es la cima, el culmen de esta afabilidad tradicional. Pueden dar fe de ello cuantos entran en su nuevo domicilio. Quizá un dedal, pero rebosante de afecto inacabable. Continuamente está atestado. Se agradece hasta esperar. La afabilidad vuela en el aire.
Juan, regente y gran amigo -que se encontraba al frente de la sala de máquinas de la calle Panaderos, a la cual se entraba por una puerta cochera que conducía a un gran patio -, contribuyó conmigo a estampar las más difíciles ediciones. Con su ayuda hice los primeros libros sin palabras. ¿Qué regente no se hubiese escandalizado? Juan los asumió. Así vieron la luz: Terrón cántico, el cual lleva este colofón: "Esta 1ª edición se terminó de realizar en los talleres de Ambrosio Rodríguez de Valladolid". Obsérvese que se consigna: realizar y no imprimir, porque este vocablo abarca mejor lo que yo concebí y Juan puso en obra. La edición es acertadísima y apareció, grabada en color, en Revistas y Antologías de España y del mundo. Le sucedieron el resto de mis libros troquelados y, así mismo, mi homenaje a Jorge Guillén (51 ejemplares), obra buscadísima e imposible de hallar. También se imprimieron creaciones mías en extraños papeles como Huevoooos. Son, destinada a amigos de Uruguay y sobre todo a Padin, poeta hoy estimadísimo. Se editaron diversas postales, con distintos estuches, elaborados por Juan, en las que se encuentran poetas como Ullán, Brossa... y otros autores argentinos, franceses, italianos, yugoslavos... Tales postales fueron muy bien recibidas y comentadas en el extranjero e incluso imitadas. Y ahora, de viejo, me parece mentira que esto se haya confeccionado con falta de medios, tanto económicos como instrumentales, en una empresa vallisoletana.
No quiero proseguir porque puede parecer que estoy enalteciendo mi obra, cuando lo que verdaderamente deseo es que reconozcan los méritos de la Imprenta Ambrosio Rodríguez, que, como ya he dicho, fué muy bien acogida y reseñada en numerosas publicaciones foráneas.
Al cumplir cien años quiero unirme al homenaje, con mi voz, mi escrito y mi vivencia, de cuando fueron y son beneficiarios, o bien clientes, empleadas y empleados, y amigos de esta prestigiosa firma, Ambrosio Rodríguez, venturosamente centenaria. Deseo expresar, al mismo tiempo, a Carmen Ruiz, su gerente, mis felicitaciones por ser el timonel que conduce, con inteligencia y acierto, este gran negocio de Artes Gráficas en nuestra ciudad.


Gustavo Martín Garzo.

"El hilo Azul"

El hilo Azul es el hilo de la escritura. El rastro de la tinta sobre el papel en blanco, tan semejante al hilo que se emplea para coser. Un hilo que antes de nada es memoria, memoria y promesa de una continuidad. Recuerdo la primera vez que lo tuve en mis manos. Pasó algo que no he olvidado. Yo debía tener diez u once años y, en mi misma casa, dos pisos por encima del nuestro, vivía un compañero de clase. Nos veíamos con frecuencia. Tenía un hermano más pequeño, tres o cuatro años menor, con el que me llevaba muy bien, pues era un niño muy imaginativo y dulce. Me gustaba que se quedará a jugar con nosotros, aunque su hermano raras veces se lo consintiera. Una tarde me abordó en el portal, estaba muy excitado y hablaba atropelladamente, saltando sobre las palabras, como por un campo lleno de obstáculos. La razón, que por fin, en el colegio, iba a escribir con tinta. En esos tiempos todavía no se había generalizado el uso de la estilográfica, y se seguía utilizando el palillero y el plumín. El momento de empezar a hacerlo era un momento único, que implicaba un cambio, el acceso a un nivel superior, pues los más pequeños solo podían servirse del lapicero. Los tinteros estaban empotrados en lo alto de los pupitres, y el empleo del plumín exigía responsabilidad, y los nervios templados de los relojeros y los desactivadores de bombas. Pues bien, sus padres acababan de comprarles el palillero y el plumín, y mi pequeño amigo los llevaba en su estuche. No he olvidado su cara al abordarme en el portal para enseñármelo, ni su ilusión porque llegara un momento que finalmente, para él no llegaría nunca, pues ese mismo domingo un coche le mató en la carretera. Creo que fue mi primera experiencia de la muerte. Y recuerdo que en lo primero que pensé al enterarme fue en ese plumín, y en que no lo podría estrenar. También me pasó otra cosa. Que en los días siguientes, al ver el tintero en mi pupitre, la tinta no me parecía la misma. No era ya ese elemento fastidioso del que había que servirse en las tareas escolares, siempre con el riesgo cierto de ir a emborronar el cuaderno, sino otro delicado y extraño, que aún esperaba la visita de mi pequeño amigo. Y del que tenía que hacerme cargo. Como si alguien me estuviera diciendo que a partir de entonces yo sería el encargado de tenerla dispuesta para él, aun sabiendo que nunca la podría utilizar.
¿No la podría utilizar? En un relato de Kafka un hombre recibe en herencia una extraña criatura, y el encargo de ocuparse de ella. Y así lo hace. No sabe por qué, pero algo le dice que su vida no sería nada si renunciara a ejercer esa tutela tan incomprensible como delicada. Creo que en lo más hondo de nuestra vida todos recibimos encargos así, la petición de ocuparnos de tareas que no comprendemos pero sin las cuales nuestra vida tal vez sería injustificable. Uno de esos encargos es escribir, y quien lo recibe de verdad sabe hasta qué punto tendrán que cambiar sus costumbres para atenderlos, hacerlo sin esperar nada a cambio, contra toda lógica, como el personaje de Kafka lo hizo con aquella criatura tan absurda como adorable. Supongo que cualquier vida es lo suficientemente larga para recibir varios encargos así. En la mía, sin duda, uno de esos encargos fué ocuparme de ese niño muerto. De hecho, hace unos años, y cuando más me obstinaba en la redacción de mi primera novela (que fue un proceso largo, interminable y a menudo desesperante), ese niño volvió a aparecer, esta vez en mis sueños. Recuerdo ese sueño con emocionada precisión. Yo estaba escribiendo, curiosamente con uno de aquellos plumines ( a pesar de que entonces me servía, en una especie de regresión no premeditada , del lapicero y de la goma de borrar), y al alzar los ojos veía a mi pequeño amigo, le veía con el mismo rostro que tenía en el portal al enseñarme su estuche. Iba a hablarle, a preguntarle si era él, y lo que hacía allí, pero él se sentaba a mi lado, en una esquina de la mesa, y me pedía con gestos que siguiera escribiendo. Cada poco, me detenía para mirarle. Permanecía con los ojos fijos en mi mano derecha, siguiendo el hilo de la escritura que iba trazando sobre el papel. Luego, yo tenía que salir un momento y al regresar le veía hacer movimientos extraños, los gestos del que ha estado a punto de ser sorprendido, y que se reintegra con precipitación a posturas menos comprometidas. Pero sus labios estaban manchados de tinta. Se bebe la tinta pensé al instante, tratando de fingir que no me había dado cuenta. Aún pasó otra cosa. El tintero, por una de esas inversiones tan frecuentes en el mundo de los sueños, en vez de irse vaciando según escribía, lo que a esas alturas me había puesto a hacer frenéticamente, estaba cada vez más lleno, como si escribir no fuera tanto consumir tinta como segregarla. Hacerlo, claro, para que luego mi pequeño amigo pudiera bebérsela. Porque se alimentaba sólo de tinta.
Desde entonces, cuando escribo, no importa que sea en el ordenador, pues las letras son negras y en ellas late la memoria eterna de la tinta, pienso en ese sueño con frecuencia. En ese sueño, y en mi pequeño amigo abordándome en el portal. Y me parece que escribir es darle en secreto, a espaldas de todos, de comer. No tanto hacer algo yo, como verle tomar el tintero y llevárselo deprisa a los labios, para apurar lo que queda. Y contemplar luego en sus labios azules, su sonrisa que regresa de la muerte.
Por eso no he querido faltar a ese homenaje. Ambrosio Rodríguez es una de las imprentas más conocidas de esta ciudad, y ahora se cumplen cien años de su fundación. Nadie puede discutir la importancia de las imprentas. Trazan la escritura de nuestros desvelos y nuestros fracasos, nos ayudan a ser mejores, pues son las encargadas de que ese hilo azul, que es el hilo de la escritura y la memoria, no se interrumpa. Pero aún hay otra cosa, en las imprentas donde se guardan los accesos al país de la tinta, y esto es un asunto que no cabe ignorar. Porque la tinta es el alimento más secreto de la vida, el único que compartimos con nuestros muertos.